Eran al rededor de las 5 de la tarde cuando contesté el teléfono, había sonado 5 veces
antes de contestar, y al tomar el teléfono sentí un escalofrío, algo que obviamente no era común.
Colgué. Me sentía nerviosa, y un poco tensa, pero por sobre todo angustiada. Tenía solo 30 minutos, media hora para guardar lo necesario y esperar a que mi padre me viniera a buscar... y todo se me hizo a sólo 5 minutos.
Sonaba la vocina con apuro,y yo, como pude me llevaba todo a un brazo, mientras que el otro, sostenía la pecera donde dos pequeños roedores adorables dormían pasivamente, sin imaginar que detrás de esos vidrios había una lluvia triste y penosa de agua salada, cayendo una que otra mojando sus pelajes. Todo realmente me apenaba.
Y así, continuamente y sin calma, sentada en el asiento de atrás del vehículo, cuatro horas seguidas de profundo silencio, incomodidad y la infaltable preocupación. Además de que, hace 2 horas atrás se había sumado un pasajero más, pero no menos importante; mi madre.
Entre conversa y conversa, al parecer, la idea angustiosa que llevaba cargando hace rato en mi cabeza se había borrado por algún tiempo al ir escuchando las novedades que contaba mi madre, pero... otra vez, el sonido de un teléfono, más bien celular, hizo del ambiente algo tenso y nuevamente angustioso.
"Aló?"
...
..."Él"...
...
"...Ha fallecido..."
...
Todo sentimiento, toda ira, toda tristeza, toda angustia, todo dolor, TODO... reducido a una mínima, pero muy pesada lágrima que rodó por donde pudo evitando caer... pero sin embargo, la ley de la gravedad no miente, golpeando el piso, en cámara lenta.
Se estaba permitido andar a 100 k/h como máximo, pero yo notaba en el panel del auto, un número distinto; 120.
Giros bruscos, casi casi atropellos a mascotas callejeras, llegando por fin al hospital. Yo no quería bajar.
"No te bajes, si no quieres..."
¡Pum!.
Un portazo que hasta mis roedores se exaltaron. Tanto que mis lágrimas corrieron hacía atrás. Gente llorando, gritos silenciosos, abrazos consoladores, hombros lagrimosos... ah! realmente esto merece un suspiro.
Ya dos días viviendo en esa casa, quien además me traída recuerdos que no quisiera tener jamás. Pero era inevitable, tenía que estar allí. Después de todo, mi partida a Santiago sería después de seguir la carroza hasta el cementerio, donde allí si que me trajo malas vibras enormente enormes (valga la rebundancia) que asustaban a cualquiera si pudiera verlas.
Y todo pasó muy lento, lento como nada más lo hay, aunque solo hayan pasado en verdad, solo 10 minutos.
Quien más lloró fue mi querida abuela, Mi Rosa, quien con sus gritos ahogados en llanto hizo llorar más que el propio muerto. Y es que toda la familia sabe la historia, aquella que sólo sus manos sabrán contar con dolor.
Y eso, todo en dos días... y debería estar feliz, ya que todo mundo está de fiesta, y aunque todos aparenten, nadie podrá ocultar la dolorosa partida de mi tío Omar, que en paz descanse. Y quien más disfrutaba de las tradiciones de un día tan importante como lo es el 18 de Septiembre.
jueves, 18 de septiembre de 2008
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2 comentarios:
historia triste,
pero todos debemos morr...
así todos cumplicoms nuestro ciclo y terminamos igual...
^^ eso digo por ahora
la fabiola ^^
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